lunes, 22 de abril de 2024

Una revolución en la historia de la música

Hace solo unos meses que Suno ha revolucionado la composición musical. Aparte de las extraordinarias canciones que genera, es igualmente sorprendente lo fácil que es manejar esta herramienta: basta darle un tema y unas sencillas indicaciones, como por ejemplo pedirle que componga «un bolero sobre las mentiras y verdades que se cuentan los amantes», para que en menos de un minuto tengamos una canción de cerca de dos minutos con su título, su letra y unas melodías bastante más memorables que muchas de las compuestas por seres humanos.

Tras este impresionante logro, merece la pena replantearse la intervención humana en la historia de la música. En cierto modo, los compositores humanos han sido considerados como una especie de «mineros», cuya labor consistía en avanzar por los complicados túneles de la creatividad, buscando «vetas de minerales preciosos», es decir, melodías y orquestaciones lo suficiente valiosas como para merecer su paso a la posteridad. En realidad, esta perspectiva equipara el trabajo de los músicos con el de los científicos, en tanto que supone que hay una cantidad finita de «tesoros», ya sean elementos químicos, leyes de la física o melodías sublime y atribuye el mérito a los primeros en descubrirlos. Pero, ¿es así en realidad?

Mozart, Bach y tantos otros grandes músicos, sin duda, fueron capaces de escribir obras geniales, pero sería muy ingenuo pensar que sus obras han sido las únicas que merecían persistir a lo largo de los años. Por cada músico que logra la fama, hay multitud de ellos que dedican toda su vida la música sin llegar a lograr jamás ningún tipo de reconocimiento ni difusión. Hay músicos que no alcanzaron esta popularidad en vida y, sin duda, habrá otros que la merecían y jamás lo consiguieron. Por tanto, no se trata meramente del talento musical, sino de la capacidad de llegar al público y crear algo capaz de resonar con los gustos de la época. Es decir, sin menoscabar el talento de grandes genios de la música, puede decirse que en sus obras están estrechamente ligadas a la sociedad de su época,  que las encumbró y convirtió en inmortales.

Desde este punto de vista, los genios musicales no son tanto individuos excepcionales con un talento único, sino generadores de obras que luego la sociedad se encarga de cribar y filtrar. Y en este sentido, la creación de música mediante inteligencia artificial no lo cambia tanto todo. Bastan un par de minutos para generar una canción, pero tras generar unos cuantos cientos de canciones ¿cuántas de ellas merecen la pena? La misma aleatoriedad que hace que cada una sea diferente, hace que unas suenen superficiales y logra que aparezcan en otras metáforas y melodías capaces de conmovernos. Al ser tan fácil crear, lo importante es ahora elegir, decidir cuáles de las obras los usuarios acabarán en la papelera del escritorio y cuáles merece la pena volver a escucharlas, incluirlas en una lista o compartirlas con los demás y, cuando lleguen al mundo exterior, será la sociedad quien decida las que merecen la pena perdurar y, en ese caso, probablemente vuelva a parecer que aquella melodía siempre estuvo allí, esperando ser descubierta.

Nada cambia demasiado, por tanto, salvo un detalle y es que alimentar los motores de inteligencia artificial con las obras de la música supone cierta trampa. Tal vez no tenga tanto mérito crear una obra de piano minimalista si hemos creado un sistema que incluye innumerables obras de este tipo. Considerando la evolución de la historia de la música, hay ciertos hitos, por ejemplo técnicos, que resulta impensable que una máquina hubiera logrado alcanzar por sí sola. Por ejemplo, es bastante improbable que hubiera imaginado el piano a partir de las obras para clavicordio y, de manera similar, todas las obras de instrumentos analógicos no harían que un sistema adivinara la llegada de los sintetizadores.

Con esta premisa, es posible determinar una una nueva manera, extrañamente científica, de valorar cualquier obra musical, en la que su valor no vendría dado por la popularidad ni por las emociones que despierta, sino por la posibilidad de que dicha obra hubiera podido ser creada si se alimenta a un sistema con todo el material que había hasta el momento en que se creó. Es decir, un porcentaje de «previsibilidad» que podría otorgar una puntuación cualquier obra.

Y este enfoque no solo puede aplicarse a la música, sino también a cualquier otro ámbito en el que sea posible crear sistemas que generen contenido. Tal vez así compositores y autores que considerábamos menores puedan al fin lograr el reconocimiento que siempre se merecieron y, aún más importante, este baremo sirva para medir la creatividad humana y darnos cuenta de que, a fin de cuentas, con frecuencia los seres humanos acabamos siendo más repetitivos que las máquinas.

sábado, 19 de febrero de 2022

¿Qué es y qué no es la psicología positiva?

 Al igual que se oye a veces que la teoría de la realidad consiste en que  «todo es relativo», también hay quien dice que la esencia de la psicología positiva es que «siempre hay que ser positivo». Afortunadamente, no es así.


La psicología positiva nace como complemento de la psicología tradicional y, en lugar de centrarse en el tratamiento de los problemas psicológicos, estudia los comportamientos que hacen que algunas personas no desarrollen estos problemas. Es decir, si el término «psicología positiva» nos produce reparos, tal vez podríamos denominarla «psicología preventiva», ya que nos ofrece herramientas para mejorar nuestro estado psicológico, de la misma manera que ciertos hábitos saludables nos ayudan a protegernos de enfermedades físicas.

De hecho, lo primero que nos dice la psicología positiva no es muy positivo. Nuestra felicidad psicológica está determinada aproximadamente al 50% por el ADN, de manera que si hemos tenido una suerte horrible con nuestro ADN, nos será difícil elevar nuestro grado de felicidad a un nivel tolerable. La psicología positiva continúa desmontando algunas de las maneras que muchos creen que pueden servir para alcanzar la felicidad. Ganar mucho dinero, comprarnos todo lo que nos apetezca y disfrutar de placeres físicos puede hacernos felices durante un breve intervalo de tiempo, pero no nos servirá a largo plazo. ¿Entonces qué se puede hacer para alcanzar la felicidad? Estudio tras estudio ha demostrado que son las relaciones humanas las que tienen un efecto más importante sobre el nivel de felicidad. Tener un sentido de propósito, ya sea la religión, objetivos profesionales o de otro tipo, también ayuda, así como el bienestar que experimentamos cuando entramos en un estado de flujo, es decir, cuando nos enfrentamos a un reto del nivel adecuado y mantenemos el control y nos dejamos llevar al mismo tiempo.

Otra creencia errónea sobre la psicología positiva es que hay que mantener siempre un talante positivo. En realidad, la psicología positiva da la bienvenida a todas las emociones: frustación, ira, tristeza, envidia... son todas emociones que, aunque a veces no sean agradables, son necesarias. La psicología positiva tan solo afirma que es importante reconocerlas y saber responder a ellas, tal como se resume en el lema «todas las emociones son aceptables, pero algunos comportamientos no lo son». Es decir, ante una infidelidad de nuestra pareja, es natural que nos inunden los celos y la ira, pero eso no nos da permiso para acabar con la vida de quienes nos han engañado.

Por último, hay quien relaciona la psicología positiva con una especie de «todos los sueños pueden cumplirse». Aunque muchos libros de autoayuda de dudosa utilidad se hayan escrito afirmando basarse en la psicología positiva, eso no hace que los preceptos de esta desmerezcan, de la misma manera que las miles de dietas milagrosas que nunca funcionan no contradicen que estar delgado sea bueno para nuestra salud. En cualquier caso, cumplir nuestros sueños es algo que está intímamente ligado con el sentido de propósito que nos hayamos marcado y, aunque no hay reglas generales, lo único cierto es que nada importante se consigue sin esfuerzo y, aún así, nadie puede garantizarnos que conseguiremos lo que deseamos.

En resumen, la psicología positiva tan solo dice que nuestra felicidad la determinará nuestra ADN, que lo que nos hace felices es la gente que tenemos a nuestro alrededor, que hay actividades en las que el tiempo se nos pasa volando y que vamos a sentir todo tipo de emociones ante las que tendremos que saber responder. Qué locura, ¿verdad?

jueves, 25 de noviembre de 2021

Regreso a los noventa: «Entonces» de Melodrama

Con el tiempo, «Entonces» se ha convertido en la favorita de las canciones que compuse en los noventa, no tanto porque no tenga los defectos habituales de mi música, sino porque por algún motivo, en ella me molestan menos. Además, su historia es bastante curiosa...

No voy a decir que en aquella época se me ocurrieran más proyectos que canciones, porque era muy prolífico componiendo, pero sí que es cierto que siempre tenía en mente proyectos grandiosos. Constantemente pensaba en escribir nuevas bandas sonoras para mis películas favoritas, adaptar canciones que me gustaban y, en general, convertir cualquier idea en una especie de sinfonía al estilo de Jean-Michel Jarre. En general, tenía suerte si de cada proyecto que empezaba salía una canción que mereciera más o menos la pena, dos o tres pasables y luego una retahíla de fragmentos incompletos hasta que centraba mi atención en otra cosa. Así, los discos que «lanzaba» (en aquellos tiempos, para mí «lanzar» un disco era dedicar una tarde a grabar una serie de canciones en un cassette, escribir los títulos y buscarle una portada), venían a ser una colección de «grandes éxitos» de proyectos incompletos.

«La noche del océano» fue diferente. Me había gustado bastante un cuento de H. P. Lovecraft cuyo protagonista viajaba a un misterioso y sombrío pueblo costero en cuyas casas medio abandonadas se ocultaban las terribles abominaciones cósmicas que tanto le gustaban a Lovecraft, así que pensé, cómo no, en crear un disco con ese tema. El primer problema fue cuando al  localizar el relato que había leído, me di cuenta de que no se llamaba «La noche del océano», sino «El horror de Dunwich», un título mucho menos atractivo, por lo que decidí mantener el título original, que también era de una obra de Lovecraft.

Cuando comencé a escribir las canciones pensé en ir más allá de mis habituales composiciones instrumentales incluyendo algunos fragmentos leídos para narrar la historia. Releí el relato buscando estos fragmentos, pero rápidamente me di cuenta de que Lovecraft era un maestro creando atmósferas, pero como escritor no era particularmente notable. Apenas encontré unas pocas frases que fueran pasables y finalmente decidí buscar otro libro más adecuado. Lo encontré en «Los ojos azules, el pelo negro» de Marguerite Duras, una novela que ni siquiera me había gustado demasiado, pero que descubrí que estaba pasmosamente bien escrita. A pesar de lo breve del libro, no tardé en encontrar varios fragmentos que encajaban sorprendentemente bien con lo que buscaba, un pueblo costero decadente y tenebroso, donde se mezclara el terror y el romance. Grabé los textos leídos por un amigo de cualquier manera con un micrófono casero y, por supuesto, no en un estudio de grabación, pero se convirtieron rápidamente en lo mejor de las canciones. Además, fue sorprendentemente fácil integrarlos en las canciones.

Escribí «Entonces» más o menos a mitad de la composición y recuerdo particularmente bien el momento en el que elegí el sintetizador que suena durante el estribillo. Una de las labores más divertidas era escuchar una y otra vez el mismo patrón musical, pero cambiando uno de los instrumentos, hasta encontrar el más adecuado. Recuerdo ir pasando de uno a otro y, de repente, al escucharlo por primera vez, tener la certeza de que era el adecuado.

Aunque este tema tal vez no destaque por su calidad, me gusta particularmente porque creo que consigue transmitir exactamente la idea que tenía en mente. Los sintetizadores tienen esa sonoridad acuática que buscaba y logran crear esa atmósfera de terror romántico que buscaba.

 

sábado, 16 de octubre de 2021

8+1: Los ocho mejores juegos para ZX Spectrum (y un extra muy especial)

En Antakira hemos querido rendir un homenaje muy especial a Ian Sinclair, el creador del famosísimo ZX Spectrum, mediante una recopilación de nuestros juegos favoritos para esta máquina. Aunque los orígenes de los ordenadores son muy anteriores al lanzamiento de esta gama de ordenadores, sí que puede atribuirse buena parte del mérito de la popularización de los ordenadores y la informática doméstica a estas máquinas. Con un precio asequible y el atractivo de juegos similares a los que se habían hecho famosos en las máquinas recreativas, el ZX Spectrum sirvió para inspirar y formar a toda una generación que gracias a él se acostumbró a interactuar con sistemas digitales. Y es que para los primeros usuarios del Spectrum, era prácticamente inevitable aprender informática si se quería sacarle algún partido a este aparato. Antes de que fuera posible comprar las cintas de cassette con programas y juegos, no quedaba otra que escribir manualmente los programas que publicaban revistas como Microhobby, a quién también hay que reconocer la labor que desempeñó a la hora de difundir y popularizar esta nueva tecnología en este país. Para jugar a un juego muchas veces había que pasar antes una o dos horas tecleando el código de listados como el que podemos ver abajo.


Aparte del trabajo que suponía introducir a mano el código, cuanto más largo era el listado más fácil era que se deslizaran errores durante este proceso, por lo que tras introducir la última línea, muchas veces había que dedicar un buen rato a depurar el programa, hasta conseguir localizar la línea que no se había escrito correctamente. Todo ello para disfrutar de un juego que, además, solía ser de una calidad bastante inferior a los disponibles comercialmente. Tras pasar cuantas tardes dedicadas a este entretenimiento, era fácil pensar en dar el salto al otro lado de la revista en convertirse en uno de los programadores cuyas obras se publicaban. Además, al tratarse un mundo emergente, era fácil idear aplicaciones y juegos que aún no se habían explorado, de una manera que tal vez podría compararse con los horizontes salvajes que se colonizaron durante la conquista del Oeste americano. Siendo así, es fácil comprender por qué hay tantos profesionales informáticos que conservan un especial cariño por el ordenador con el que dieron sus primeros pasos y que ha hecho que, incluso hoy, exista una escena muy activa de programadores que siguen creando para un ordenador que hace varias décadas que dejó de fabricarse. Y, sin más, vamos con la lista de los juegos que nos marcaron.

1. Underwurlde


 

Si hay una compañía de juegos mítica, sin duda es Ultimate Play The Game. Esta empresa inglesa, con su aura de misterio y sus increíbles avances técnicos, no tardó en convertirse en la referencia del sector. Dado que sería fácil monopolizar esta lista solo con sus juegos, hemos optado por citar tan solo uno. Si bien otros de sus títulos han logrado mayor fama, como Knight Lore o Alien 8, hemos elegido Underwurlde como el mejor y es que, además de ser impecable visualmente, es un juego realmente divertido. También fue muy innovador en su jugabilidad, ya que los numerosos enemigos de este juego no mataban al protagonista por contacto, como era habitual, sino que tan solo lo empujaban, muchas veces hacia una caída que sí que podía ser letal. Un mapa gigantesco para la época y un diseño de niveles muy inteligente convierte a este juego en una absoluta obra maestra.

2. Jet Set Willy


Manic Miner fue todo un hito en su época, con su dificultad endiablada y esa musiquilla repetitiva, pero que no querías parar de oír. Jet Set Willy fue la continuación que lo mejoró todo. Con más niveles, una trama mejor hilvanada y, sí, todavía más difícil que el anterior, esta secuela se convirtió en el juego de plataformas que marcaría lo que estaba por llegar.

3. Batman

 
Si, tal como hemos señalado antes, se suele atribuir a Ultimate la creación del primer juego con perspectiva isométrica que logró el éxito masivo, el fantástico Knight Lore. Lo cierto es que fue Jon Ritman el que supo aprovechar al máximo el potencial de esta fórmula con este Batman y su título posterior, Head over Heels. Aparte del detallismo gráfico, aquí tenemos también una excelente jugabilidad con un exquisito diseño de puzles y una ambientación que reflejaba a la
perfección el universo del héroe de cómic que protagonizó este juego.

4. Pyjamarama

 
Tal vez los primeros juegos que cristalizaron la fusión de la trama de las aventuras conversacionales con las mecánicas de los juegos de plataformas fueron los de la saga de Wally que creó Mikrogen y que, aparte de este título, también incluye Everyone's a Wally, Herbert Dummy Run y Three Weeks in Paradise. Gráficos increíbles para la época, con especial cuidado por un color al que muchos otros juegos renunciaban por las limitaciones técnicas del Spectrum, casaban a la perfección con un argumento original y un tanto surrealista.

5. 3D Death Chase
 
Imposible hacer más con menos. Este juego, lanzado en los primeros años del ordenadores y el único de la lista que podía ejecutarse en un Spectrum 16K, demostraba que era posible poner en pie una idea interesante con recursos mínimos. Y es que este juego, con su ritmo frenético y su acción trepidante, lograba hacerte sentir que estabas al mando de las icónicas motos voladoras de El retorno del Jedi.
 
6. Nebulus
 
 
Y tras uno de los primeros juegos pasamos a uno de los últimos. Nebulus nació ya en el ocaso del Spectrum, cuando las máquinas de 16 bits, como el Amiga 500, empezaban a popularizarse. El virtuosismo que se había alcanzado en la programación del Spectrum resulta particularmente evidente en este título, con un escenario giratorio y unos gráficos fluidos que redondean un juego fantástico.
 
7. The Sentinel
 
 
Único en su especie. Un juego tridimensional, con una mecánica de juego que nunca antes se había visto, fácil de comprender, pero difícil de dominar. Diez mil niveles diferentes creados procedimentalmente. Este juego lograba que resultara realmente aterradora la figura del centinela que barría el paisaje. Todo ello conformaban un juego que realmente parecía llegado del futuro.
 
8. La Aventura Original
 
 
En España se crearon un elevado número de juegos, entre los que hay que destacar las creaciones de Dinamic para la saga de Johny Jones, como Saimazoom, Babaliba y Abu Simbel Profanation. Sin embargo, hemos optado por este título, que además de conseguir un gran éxito que fue fundamental para el despegue de las aventuras conversacionales, nos resultó particularmente inspirador. Con unos gráficos llamativos que se dibujaban rápidamente, un intérprete que parecía entenderlo todo y una trama divertida y tan larga que había obligado a dividir el juego en dos partes (o caras), este juego abrió nuevas fronteras a la hora de crear experiencias para el jugador.

8+1. Professional Adventure Writing System (PAWS)

 
Sin ser un juego, sin duda es uno de los programas que más horas de diversión nos dieron. Este creador de aventuras conversacionales venía avalado por ser el motor con el que funcionaban varios éxitos de la época. Teniendo en cuenta la tecnología de la época, resulta increíble lo avanzado que fue. Aparte de incluir un motor gráfico especial, su manera de organizar los comandos era de una ingeniosidad abrumadora y hasta incluía un sistema de compresión de texto que permitía aprovechar al máximo la reducida memoria de los ordenadores de la época.

Ha sido realmente difícil elegir unos pocos entre todos los títulos memorables que surgieron en la época, por lo que hemos intentando centrarnos en títulos que, aparte de su calidad, fueron particularmente relevantes y revolucionarios. Sin embargo, es posible que la lista se haya quedado incompleta, así que nos encantaría que nos comentarais qué juego de esta época os gustaría incluir.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Todo puede ser (o no) divertido

Conocí a un chico al que le gustaba vestirse de drag. Aquel mundo le encantaba, los maquillajes con purpurina, los vestidos imposibles y las coreografías con lip sync. Tras unos meses, se le daba tan bien que le contrataron como relaciones públicas en una discoteca. Pero no fue un sueño hecho realidad, sino más bien lo contrario. A las semanas de empezar aquel trabajo la ilusión que antes desbordaba se convirtió en tedio y las ganas de bailar parecieron desaparecer para convertirse en ganas de volver a su casa cuanto antes.


Y aunque es perfectamente posible convertir una pasión en una fuente de ingresos o incluso en un sueldo a tiempo completo, también lo es que hay maneras de conseguir que algo que nos gusta acaba aburriéndonos. Tal vez se considere inevitable que ocurra así con el trabajo, incluso después de que nos haya apasionado durante los primeros años, pero algo similar puede ocurrir en otros aspectos que pensábamos que nunca nos aburrirían. La vida en pareja, las reuniones con los amigos, las cenas en los restaurantes y las noches de cine pueden acabar convirtiéndose en rutinas de las que nos gustaría escapar.

Tal vez se trate de una manera de ver las cosas. El mundo del drag nunca me ha llamado especialmente, pero desde siempre he soñado con crear un videojuego. Hace poco, aprovechando unos meses de relativa tranquilidad, decidí hacer un curso de Unity 3D, una de las plataformas más populares para crear juegos. Era un sueño que había aplazado tanto tiempo que decidí hacerlo bien. No iba a contentarme con ver cuatro tutoriales para luego hacer alguna tontería, así que localicé un curso de un mes en Coursera, aunque pensándolo mejor, era preferible una especialización con cuatro cursos, cada uno de un mes, lo que me permitiría incluirlo en mi curriculum por si en alguna ocasión le encontraba una salida profesional. Por supuesto, para afianzar los conocimientos, es conveniente practicar, así que tenía que encontrar una idea relativamente original que pudiera publicar en Google Play y lograr cierto impacto para poder demostrar cierta experiencia... y ya está, lo conseguí, mi sueño de crear juegos se había convertido en algo que me inspiraba más pereza que ilusión y que quería que terminase antes de empezar.

Hace ya tiempo que descubrí aquello de que «si quieres que algo deje de ser divertido, anótalo en una lista de tareas pendientes», pero ahora he descubierto los siguientes consejos para que sí algo es divertido, siga siéndolo:

-Olvídate de los plazos
Tal vez en ocasiones haga falta cierta planificación, pero si las fechas que hemos nos hacen sentir presionados, es que algo empieza a ir mal. Lo ideal es no fijarse plazo, pero si no queda más remedio, es mejor multiplicarlos por dos o por tres, para que sean un faro que nos guía desde el horizonte y no un rinoceronte que nos persigue enfurecido. Si es algo que realmente nos gusta, ya encontraremos tiempo para hacerlo.

-Cuanto más lento, mejor
Ya sea por influencia del trabajo o de las obligaciones domésticas, es fácil que la preferencia por la productividad se nos haya quedado grabada a fuego. Una clara señal de alerta es cuando en nuestro tiempo libre empezamos a pensar «a ver si puedo terminarlo en menos de media hora». De la misma manera que hay libros que estamos deseando que se acaben y libros que estamos deseando que no se acaben, la diversión está en explayarse en los detalles. Tal vez terminemos dedicando una hora a elegir un adjetivo o mover una imagen un píxel a la izquierda pero, oye, tardar tanto en una minucia es algo que se puede disfrutar. En particular, hacer algo con infinito mimo, para que quede exactamente como queremos, independientemente del tiempo que nos exija puede ser sorprendentemente liberador.

-Aprende a perderte en todas las bifurcaciones
Cada vez que lleguemos a un punto donde se abran varios caminos, lo último que tenemos que hacer es obligarnos a tomar decisiones con rapidez. Lo que parecen desviaciones, en realidad son oportunidades de descubrir nuevos horizontes, así que si algo nos atrae y nuestro sentido común nos aconseja ir en la dirección opuesta podemos concedernos permiso para adentrarnos en lo desconocido (siempre que no sea un peligro para nuestra salud).

-Libertad para innovar o repetirse hasta la náusea
Los designios de nuestras preferencias son inescrutables. Nos puede apetecer desde lo más trillado «¿Y si reescribo Crepúsculo palabra por palabra, pero ambientándola en Madrid?», hasta lo más original «¿Y si escribo las vivencias de una estrella de mar que pasa toda su vida en el fondo marino?». La clave está en despojarse de cualquier criterio de utilidad, racionalidad o sentido del ridículo. Es nuestro tiempo libre y, por una vez, no hay que dar explicaciones.

Una vida cada vez más acelerada y la sobredosis de posibilidades que nos ofrece la tecnología actual han hecho que tendamos a vivir cada momento pensando en lo que no podemos estar perdiéndonos o lo que deberíamos hacer. Tal vez no podamos luchar contra esta tendencia en el trabajo pero no cabe duda que podemos dedicar al tiempo libre a perderlo de nuestra manera favorita lo que, en una elegante paradoja, tal vez sea la mejor manera de utilizarlo.

viernes, 9 de julio de 2021

Solo el arte nos salvará

Desde hace cierto tiempo, varias voces claman que se avecinan tiempos difíciles para la humanidad. Por ejemplo, la riqueza cada vez se concentra en menos manos. Si hace unos años el 20% de la población poseía el 80% de los recursos, ahora es un 10% el propietario del 90% del planeta. Y, en el caso de que alguien quiera hacer algo para denunciar esta situación y luchar contra ella, le será más difícil que nunca, porque los medios de comunicación posibles gracias a las redes informáticas, que en sus comienzos parecía que iban a ofrecer una plataforma para que todos pudieran hacer oír su voz, amenazan en convertirse en lo contrario. Con unos medios físicos cada vez menos importantes, la comunicación mediante ordenadores y teléfonos ha demostrado ser extremadamente fácil de vigilar, falsear y, en definitiva, controlar. Teniendo en cuenta estos avances ya imparables, parece imposible que ese poderoso 10% encuentre algún motivo para dedicarse a cualquier cosa que no sea luchar por ampliar aún más su influencia y su diferencia respecto a los demás.

Pero, ¿y si hubiera una esperanza?, ¿y si existiera una manera mediante la que un ciudadano normal pudiera influir a los que tienen el poder para que no se olviden de los problemas de esa amplia mayoría condenada a la irrelevancia? Tal vez la haya y nos haya acompañado desde el origen del ser humano, porque desde siempre el arte ha permitido al ser humano indagar y transmitir sus deseos y sus frustraciones. Y no estoy hablando de un Arte con mayúscula, compuesto tan solo por pintores cuyos cuadros se exponen en los museos y literatos cuyas obras ganan premios y pasan a la posteridad. Aunque no lo excluyo, me refiero a la acepción más amplia del arte, que incluye novelas baratas y cómics para adolescentes, canciones pop con estribillos contagiosos y culebrones interminables que parecen contar siempre la misma historia. Toda expresión, ya se trate de ficción o no, que intente transmitir con cierta belleza lo que significa ser humano. Porque para todas estas obras, por insignificantes que sean, existe la posibilidad de que en algún momento caigan en manos de alguno de los afortunados pertenecientes a ese exclusivo 10% y les hagan pensar sobre lo que pueden hacer con su vida y con todo el poder que tienen a su alcance. Nadie sabe lo que nos inspira y tal vez esas películas de serie B en las que aparecían planetas imaginarios sean el motivo profundo que lleva un niño a querer convertirse en astronauta o tal vez esa serie lacrimógena que narraba las desventuras de una familia de esclavos haga que alguien decida luchar contra la injusticia.

 

Hay cierta paradoja en esta visión, ya que muchos han considerado el arte como un instrumento que la clase dominante empleaba para oprimir y explotar a las masas. Aunque quizás en el pasado haya sido así, el mundo ha cambiado. Si bien antes era necesario disponer de un enorme número de trabajadores dispuestos a atender las necesidades de los que se encontraban en la parte superior de la pirámide, los avances tecnológicos, en especial en inteligencia artificial y robótica, están haciendo que una gran parte de la humanidad tal vez deje de ser necesaria dentro de unos años. Si este es el caso, dentro de unos años, el papel del arte podría convertirse exactamente en lo contrario, la única manera mediante la que los irrelevantes pueden lograr que los que lo tienen todo les escuchen, cuando la lógica, la necesidad y las demás motivaciones que hasta ahora podían tener hayan desaparecido.

Y, como suele ocurrir, tal vez la mejor manera de hacerlo sea la más disimulada. Una semilla de justicia puede estar enterrada dentro del más intrincado bosque de banalidad y, sin embargo, contener la posibilidad de germinar si aterriza en el lugar adecuado. Tal vez haya ya quien lo hace así. «En tiempos de crisis, los sabios construyen puentes, mientras que los necios levantan muros.» es una frase que pronuncia de pasada el protagonista de una fantasía superheróica poco antes de que termine la película y, a pesar de la espectacularidad de las peleas, persecuciones y armas extravagantes que la preceden, es lo que se me ha quedado grabado de ella y, con un poco de suerte, tal vez a alguien más, capaz de influir en el futuro del ser humano, aunque todavía no lo sepa, se le haya quedado grabada también y, algún día, aún sin saber muy por que piensa de la manera que lo hace, pueda ponerla en práctica.

domingo, 8 de marzo de 2020

Puntuar objetivamente películas: ¿Una tarea imposible?

Antes de que llegara la era del streaming y los sistemas de recomendación lo dominaran todo, FilmAffinity sorprendió con un sistema que utilizaba las puntuaciones de un usuario para localizar «almas gemelas» y, así, descubrir películas que aún no había visto y probablemente le gustasen. Ahora que se ha popularizado la televisión digital, cuyo triunfo depende de que sea capaz de proponernos contenidos adaptados a nuestros gustos, esta idea ha perdido parte de su encanto. Tal vez haya influido también la cantidad de datos que recopila, ya que al acumular las puntuaciones de tantos usuarios con todo tipo de gustos, la media aritmética que parece emplear para calcular la puntuación que otorga a cada película ha hecho que la mayoría de las películas oscilen entre unos monótonos cuatro y siete. Por supuesto, esta puntuación es solo uno de los datos que FilmAffinity aporta en su sitio web y sigo consultándoa con frecuencia, en parte por la información que agrupa con una interfaz cómoda y en parte por el ingenio de algunas de sus críticas más demoledoras.


Sin embargo, muchas veces he pensado que esta puntuación, que debería ser el consenso de sus usuarios, no coincide nunca conmigo. Durante mucho tiempo creí que era una cuestión de mis gustos particulares, pero reflexionando sobre mi manera de calificar las películas he llegado a una conclusión diferente. Y es que hay géneros que, independientemente de su calidad, despiertan mis simpatías y, por tanto, tienen una puntuación mínima prácticamente asegurada, mientras que en otros ocurre lo contrario. Por ejemplo, si una película es una comedia o es de acción, es raro que no me guste al menos un poco, mientras que un drama lo tiene mucho más difícil y una película histórica aún más. Algo similar ocurre con los actores, una película donde aparezcan Arnold Scharzenegger o Melissa McCarthy tienen un atractivo que hará que sea más difícil que la suspenda. Si otros usuarios puntúan las películas siguiendo criterios similares a los míos, es fácil adivinar el por qué de esa tendencia a la uniformidad en las puntuaciones medias. Si una película de miedo la juzgan tanto fanáticos del terror como gente a la que no le gusta este género, la media inevitablemente tenderá a un mediocre punto intermedio.

La buena noticia es que, una vez localizado cómo este sesgo afecta a la evaluación de las películas, es posible corregirlo. Basta hacer un análisis de todas las puntuaciones para determinar estos sesgos y eliminarlos. Continuando con el ejemplo anterior, en el caso de los aficionados al terror habría que reescalar a la baja sus puntuaciones y en el caso contrario habría que hacer lo opuesto. Así se llegaría a una auténtica puntuación media que representara la calidad de la película independientemente de las preferencias personales de los usuarios.

Además, esta información también sería para recorrer el camino a la inversa: si podemos calcular una puntuación objetiva a partir de la puntuación subjetiva de un usuario, también podemos predecir, a partir de una valoración objetiva de una película, cuál será nuestra reacción ante dicha película, lo cuál es una excelente manera ara descubrir nuevos títulos. Estos cálculos no son muy interesantes para los canales digitales, ya que nadie querría dividir su catálogo entre lo bueno y lo malo, pero es particularmente interesante para una plataforma que pretenda ser independiente, como puede ser el caso de FilmAffinity.

Por supuesto, esto no acaba aquí. Si es posible detectar nuestros sesgos en el caso del cine, ¿por qué no hacerlo en el caso de las recetas de cocina, los restaurantes o los productos de una tienda? Tal vez la única manera de ser objetivo sea empezar a cuantificar lo subjetivos que somos.

domingo, 9 de febrero de 2020

El pomodoro y el doble pomodoro o pomodoro intercalato

El pomodoro es una sencilla pero eficaz técnica de productividad que consiste en comenzar una tarea destinándole un intervalo de tiempo no muy largo y que suele ser de 20 minutos. El objetivo es superar la reticencia inicial que sentimos ante tareas necesarias pero que tendemos a aplazar por algún motivo, como por ejemplo el esfuerzo que creemos que nos requerirá. Mentalmente, nos resulta mucho más asumible saber que dicha tarea no nos ocupará varias horas ya que, una vez transcurridos este tiempo, tenemos permiso para abandonarla con la tranquilidad de que al menos hemos avanzado algo. No obstante si, como suele ocurrir, nos apetece continuar, podemos seguir tanto tiempo queramos. El nombre de esta técnica se debe a que en un principio se hacía con un temporizador de cocina con forma de tomate, es decir, pomodoro en italiano.


Aunque tengo en casa este temporizador, por lo general prefiero medir musicalmente el tiempo que le dedicará en principio a la tarea. Es decir, busco un disco que dure aproximadamente veinte minutos y, si cuando pasa este tiempo quiero continuar, pongo otro disco o cambio a alguna radio. Otra técnica, algo similar, consiste en abordar una tarea comenzando con alguna actividad mecánica para luego, si nos apetece, abordar la parte más dificultosa. Por ejemplo, si estamos trabajando con un texto al que no nos apetece regresar puede ser una buena idea comenzar pasándole el corrector ortográfico o revisando algún fragmento para luego, si nos apetece, continuar trabajando en él.

Hace poco tiempo he comenzado a emplear una nueva técnica similar a la que me gusta llamar doble pomodoro o pomodoro intercalato. La idea es similar pero con un intervalo de tiempo más pequeño y la particularidad de que, en lugar de hacer una sola tarea, se alterna entre dos tareas. Por ejemplo, cuando llega el fin de semana suelo tener que dedicar un buen rato a poner en orden la casa y, al mismo tiempo, debo poner al día un buen número de cosas en el ordenador. En lugar de empezar con una cosa y, cuando la termine, seguir con la otra, dedico diez minutos a la casa, luego diez minutos al ordenador, otros diez minutos más a la casa, luego al ordenador y así sucesivamente. Como límite de tiempo total y siguiendo con mi afición a la música suelo fijarme un disco particularmente largo, como mínimo de una hora. No es necesario que ambas tareas sean igualmente productivas y es posible, por ejemplo, combinar una tarea pesada en el ordenador con un rato de distracción con un videojuego.

La alternancia entre tareas tiene varias ventajas. Por ejemplo, fomenta centrarse en lo más importante. Cuando recojo la casa, empiezo por lo que más salta a la vista y cuando organizo el ordenador, me centro en lo que más me hará falta. De esta manera, si una interrupción me obliga a parar, evito tener una cosa muy avanzada y otra sin empezar. Además, el cambio de tarea cada diez minutos hace que reevalúe continuamente la situación. Si mientras estoy arreglando la cocina encuentro un cajón particularmente desordenado, podría dedicarle media hora a ponerlo en condiciones  luego echar en falta ese tiempo para algo más urgente. Alternar de una tarea a otra nos obliga a empezar una y otra vez por lo más importante. No obstante, la principal ventaja es que, particularmente si se cambia entre una tarea física y otra cerebral, el cansancio tarda más en aparecer. El tiempo que pasas sentado te deja descansar del esfuerzo físico y el tiempo que pasas de un lado para otro te ayuda a despejarte la mente, lo cual a la larga consigue que dediques más tiempo a ambas tareas.

Por supuesto, también tiene sus inconvenientes. Si una tarea requiere una concentración profunda, esta técnica nos obligará a dejarla cuando estamos comenzando a ser productivos y, por tanto, no nos será de ayuda. Tal como comentábamos antes, una de sus ventajas son los continuos reinicios que se adaptan mejor a tareas que, a su vez, están compuestas por microtareas. Tampoco parece ser muy adecuada para utilizarla día a día, por la dispersión mental que provoca, por lo que no es recomendable utilizarla más de una o dos veces a la semana.

Si decidís probarla, me encantaría saber cuál es vuestra experiencia y si tenéis algún otro método para animaros a poneros manos a la obra con esa tarea para la que nunca queréis encontrar tiempo, no dudéis en dejar un comentario.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

También las redes GAN opinan sobre política


La persona que aparece encima de estas líneas no existe. No ha existido nunca nadie con estos rasgos ni posó en ningún momento de su vida en el bosque que parece sugerir el fondo que se ve. Solo es una imagen generada por ordenador mediante una sofisticada técnica de inteligencia artificial que se inventó en 2014, hace apenas cinco años. Aunque los detalles concretos son difíciles de describir y entender, la idea básica es muy simple: en lugar de crear un algoritmo que cree una imagen, se crean dos, uno que genera imágenes y otro que decide si los resultados elaborados por el primero deben descartarse o no. Además de para crear seres humanos que no existen, esta técnica se ha utilizado para crear también imágenes manga que no existen, gatos que no existen y hasta apartamentos turísticos que no existen, en este caso acompañando la imagen de una descripción, también creíble pero igualmente ficticia.

La genialidad de esta idea, crear dos agentes para hacer mejor algo de lo que podría hacer uno solo por mucho que se optimizara, no es una novedad y, entre otras posibles expresiones, la política parece emplear un procedimiento similar. Dado que ambos bandos siempre han procurado cargar de connotaciones negativas a los términos empleados para designar a sus oponentes, como ocurre con las palabras «reaccionario», «facha» o «comunista», es preferible decir que la diferencia básica, que puede rastrearse en todos los países con un gobierno elegido de varios partidos políticos, radica entre izquierda y derecha o, de manera más descriptiva, entre «conservadores» y «progresistas», según la nomenclatura a la que recurre Pedro Vallín en su libro «¡Me cago en Godard!». Y, tal como le ocurre a este autor, los integrantes de cada uno de los bandos creen hallarse en posesión de la verdad absoluta. «El conservador aún saborea pesaroso en su deficiente memoria los tomates de hace veinte años, el progresista saliva con los que se comerá esta noche.» escribe Pedro Vallín en su libro y, basta con fijarse en los dos adjetivos negativos que le regala al conservador para saber qué opción ha elegido. «El conservador aún saborea en su memoria los tomates de la última comida, el progresista fantasea ansioso con los que se comerá dentro de veinte años.». Es decir, más o menos lo mismo, pero completamente diferente.

Todos los partidos políticos proclaman tener la verdad absoluta y, según sus palabras, no habría nada mejor que concederles un gobierno continuado del país. Sin embargo, vistos desde un poco de perspectiva y por analogía con el funcionamiento de las redes GAN, ambos son igualmente necesarios. Los progresistas vienen a ser el algoritmo que propone continuamente nuevas posibilidades y los conservadores son el que decide lo que debe mantenerse y lo que puede cambiar. En este caso no se trata de crear una imagen que pase por real, sino de construir una sociedad mejor para todos. Asignarles una función diferente a cada opción política basta para convertir lo que aparentemente son concepciones antagónicas de la vida en complementarias. Tal vez incluso se pueda decir que funcionan mejor tanto mejor en cuanto que cada una se centra ciegamente en su misión: pensar que todo debe cambiar, pensar que todo debe mantenerse. Solo así, dedicándose exclusivamente a presentar argumentos que defiendan su causa, se verá beneficiada la sociedad en su conjunto de esta visión dual de la realidad. Lo único que quizá deba cambiar es un mayor respeto: nadie tiene razón ni nadie se equivoca, nadie es enviado del bien o del mal y, lo más importante desde el punto de vista práctico, es lícito decantarse en unas ocasiones por una opción y en otras por la contraria, sin que ello suponga una traición a ningún ideal, sino sencillamente que diferentes momentos exigen diferentes actuaciones.

En general, la teoría evolutiva de Darwin ha llevado a aceptar la «supervivencia del más apto» aplicándola únicamente a los individuos, en el sentido de que solo el miembro de la especie que reúna las características más adecuadas para medrar en su entorno sobrevivirá. Pero el mundo no es únicamente una suma de individuos, sino un conjunto de colectividades y una especie solo maximizará su posibilidades si es capaz de albergar en su interior una gran diversidad.

martes, 15 de octubre de 2019

«Algo para recordar»: El abismo entre conseguir y mantener

«Algo para recordar» es una de esas películas que con los años van adquiriendo una nueva belleza. Tal vez porque a medida que el año en el que se rodó va quedando atrás, se nos olvida que el mundo nunca fue como lo presenta y así es más fácil sentir nostalgia de un pasado que nunca existió.

Otro buen motivo para disfrutar más de esta película al volver a verla es saber de antemano que sus protagonistas no se encontrarán hasta el último momento de la película y, una vez que lo hagan, apenas intercambiarán unas pocas palabras. Tampoco hace falta. El encuentro en la cima del Empire State Building le da sentido a toda esa espera y ha conseguido que el edificio renueve la categoría de hito romántico a la que ascendió con «Tú y yo», a la que se homenajea repetidamente en esta película que, en palabras de su directora, no era una película sobre el amor entre dos personas, sino sobre el amor en el cine.


Tal vez la distancia que existe entre los protagonistas durante toda la película hace que el habitual interrogante que se plantea en algunas de estas historias sea aquí más pertinente. ¿Y qué pasará luego? Si fuera un cuento infantil, nos dirían que fueron felices y comieron perdices, pero en este caso, dado lo poco que saben uno del otro, es fácil dudar de que sea realmente un final feliz. ¿Realmente están destinados el uno al otro o alguno de ellos encontrará a la semana siguiente un nuevo romance que haga que esta historia les resulte trivial?

Hay un momento de la película que representr de la manera extrema al mismo tiempo el romanticismo y la volubilidad. Tom Hanks está el aeropuerto esperando en la cola de embargue y, justo cuando acaba de decirle a su hijo que la perfección no existe, aparece ella y, tras unos segundos durante los que sus ojos ni siquiera llegan a cruzarse, Tom Hanks la sigue hipnotizado por el aeropuerto. Muy romántico, sí, pero ¿qué saben el uno del otro? ¿No será tan solo un espejismo que utilizan para olvidarse sus parejas, imperfectas pero reales, que les esperan en sus ciudades?

Como ocurre en ocasiones, ambas cosas pueden ser ciertas sin excluirse entre sí. El amor probablemente sea encontrar a alguien especial en un aeropuerto al que quieres perseguir y, al mismo tiempo, es desear volver a casa a encontrarte con quién quieres. Y buscar novedades cuando ya has encontrado lo que buscabas tiene tan poco sentido como serle fiel a alguien que en realidad no te importa demasiado. Una vez más, el viejo problema de los extremos: es fácil optar por uno de ellos, lo difícil es encontrar el punto medio.

Conforme se van sucediendo las épocas, también va alternando a lo que se da prioridad y en estos años en los que consumir es cada vez más barato impera una actitud más ávida ante la vida. No es tan extraño, la vida es más fácil cuando estamos insatisfechos, porque podemos pensar que encontraremos la felicidad cuando nos hagamos con aquello que nos falta, una pareja, un trabajo mejor pagado, una nueva casa..., lo que sea que creamos que puede llenar ese vacío que llevamos dentro, lo que si bien no nos hace felices nos promete una felicidad que sentimos a nuestro alcance. Más difícil sería aceptar que ya lo tenemos todo, por que en ese caso nos veríamos obligados a asumir que ese vacío somos nosotros y que nada ni nadie vendrá a ayudarnos.

Conforme pasan los años, más tengo una sensación de desequilbrio: adoro «Algo para recordar», pero echo de menos su película simétrica, una que no trate de esa eterna búsqueda por completarnos, sino de la belleza que hay en ser feliz con lo que se tiene. Y, aunque aún parece que queda bastante tiempo durante el que el signo de los tiempos sea este, también llegará un momento en el que el individuo deje de ser tan importante como la colectividad, hasta que una vez más la tónica general vuelva a convertirse en asfixiante y, de nuevo, nos embarquemos en la búsqueda de nuestra felicidad.

lunes, 9 de septiembre de 2019

«Nueva York de un plumazo» de Mateo Sancho: Yo, yo, yo y yo

¿Es posible una novela romántica que no siga la trama habitual? Desde «Orgullo y prejuicio» hasta «Crepúsculo», pasando por «Bridget Jones» y muchas otras, es difícil encontrar una historia de amor que no siga un patrón muy sencillo: «Yo no valgo demasiado y él es maravilloso, aunque distante. Aunque parezca increíble, ya que podría tener a quien quisiera, me elige a mí entre todos. Me cuesta creerlo, pero al final somos felices». Una vez sentadas estas bases, lo diferencia a unas de otras son decorado y detalles, lo suficiente para que unas sean obras maestras y otras un desperdicio de papel, pero aún así, coinciden en lo básico.

En concreto, resulta particularmente denigrante que el protagonista siempre sienta al principio que no está al nivel de quien ama, pero una historia de amor no puede existir sin complicaciones más allá de la primera página y los problemas de autoestima, más que las fatalidades del destino, algo pasadas de moda, han demostrado ser un buen material para llenar páginas y aumentar las ventas. Así en las novelas románticas, junto con sus equivalentes cinematográficos, el protagonista pasa una buena parte del tiempo suspirando y quejándose. Y si el objeto de deseo aparenta ser  inalcanzable, mejor que mejor.


En este sentido, en «Nueva York de un plumazo», Mateo Sánchez hace un excelente trabajo al reducir los llantos al mínimo. Al protagonista nunca le da un ataque de ansiedad porque no suene el teléfono, ni porque quién le gusta se vaya con otro. En todo caso, estas situaciones se solventan con total deportividad y fundido en negro al siguiente candidato. Hasta aquí sería una propuesta fantástica para renovar el género si no fuera por un detalle, porque... ¿es que es una novela romántica? Según los canones, desde luego que no lo es y, a pesar de tener un final feliz hasta con boda triple, lo cierto es que tampoco lo parece.

El problema no está tanto en las peculiaridades de la historia que trata sino en que en ningún momento parece que haya nada tan importante para el protagonista que él mismo. En una novela romántica, el protagonista acaba esclavizado no tanto por el ser al que quiere sino por el propio concepto del amor,  que le hace aceptar el sufrimiento que le provoca la incertidumbre que le ocasiona su deseo. Tampoco se trata meramente de una cuestión literaria, muchos de quienes nos rodean tienen un anhelo que les guía la vida, ya sea tan mundano como el dinero, tan habitual como la familia o tan elevado como la ciencia o el arte. En todos estos casos hay de alguna manera un búsqueda de transcendencia más allá del propio egoísmo. Sin embargo, en esta novela, tanto el protagonista como todos los que le rodean no parecen tener ningún otro objetivo que buscar lo mejor para sí mismos. Yo, yo, yo y yo. Sin embargo, limitar los objetivos vitales a la felicidad propia, paradójicamente, no es una buena manera de alcanzar la felicidad. Aunque el libro critica este enfoque individualista, aparentemente práctico pero a la larga insatisfactorio, de la sociedad americana, no hay nada que distinga mucho al protagonista de esta historia de la ciudad deshumanizada que describe, aparte de su bagaje cultural, algo que según su experiencia vital no parece que vaya a transmitir a futuras generaciones.

Además, también queda la eterna duda que despierta cualquier propuesta de pareja gay. ¿Qué postura es la más avanzada? ¿Seguir al pie de la letra las pautas heterosexuales y dejarse fagocitar por el sistema? ¿O proponer un nuevo modelo y confirmar las antiguas sospechas de que el amor gay no es igual al heterosexual, con todos los corolarios que pueden derivarse? Dado el escaso tiempo que ha transcurrido desde la normalización de la homosexualidad, ni siquiera es posible afirmar que determinados comportamientos y actitudes sean realmente una decisión consciente y no hayan sido motivados, aunque sea de manera inconsciente, por una educación sentimental diferente. Tal vez la actitud de muchos gays ante la pareja y el sexo fuera distinta si hubieran comenzado su aprendizaje en la adolescencia en lugar de, como ha sido la norma, tener que aplazarlo hasta la llegada a la gran ciudad con la mayoría de edad. Aunque es posible incluso que esta postergación tenga un efecto positivo plazo y, más que erradicarla, lo que habría que hacer es difundirla.

Más allá de las cuestiones sobre relaciones sentimentales, sean del tipo que sean, el libro acaba siendo tal vez sin querer una advertencia sobre los faros que utilizamos actualmente para guiarnos. Nueva York ha sido durante mucho tiempo el símbolo de la modernidad, de un estilo de vida que todo el planeta quería imitar. Ahora que han pasado los años, merece la pena plantearse si en lugar de un modelo a seguir se ha convertido precisamente en ese futuro que hay que evitar a toda costa. Para empezar, pensando en algo más que uno mismo.

domingo, 25 de agosto de 2019

Pensar rápido, pensar despacio... y pensar mediante Internet.

En «Pensar rápido, pensar despacio», Daniel Kahneman describe las dos maneras de pensar que le dan título al libro: uno para situaciones que exigen una respuesta inmediata, como cuando hay un peligro cerca, y otro para situaciones en las que hay tiempo de meditar la respuesta. Los problemas surgen cuando se utiliza uno de estos modos en una situación que en la que no es tan conveniente y es que es tan inconveniente ponerse a pensar por dónde escapar cuando un tigre está a punto de abalanzarse sobre nosotros como embarcarse en una hipoteca por hemos visto un piso que nos da buenas vibraciones. En las empresas y, especialmente cuando se trata de publicidad, son muy conscientes de la existencia de estas dos maneras de pensar, por lo que intentan aprovecharlo a su favor. El objetivo es «cortocircuitar» nuestra manera de pensar de manera que tomemos decisiones de manera apresurada, actuando sobre las señales que nos hacen inclinar la balanza de manera inconsciente en un sentido o en otro.


Hay numerosos estudios que investigan sobre cómo reaccionamos en ciertas circunstancias en función de si se fomenta que utilicemos uno de estos modos o el otro. Sin embargo, tal vez no esté tan estudiado cómo influyen en las decisiones el uso que hagamos de Internet. Y es que, aunque a veces algo nos parezca tan trivial que ni siquiera se nos ocurra recurrir a este recurso, lo cierto es que Internet se ha convertido en un impresionante compendio de experiencias humanas. Muchos usuarios ya lo utilizan con regularidad para decidir los productos que compran o utilizan, pero lo cierto es que puede emplearse para prácticamente todo: cómo saber si una zapatilla de deporte me queda bien o es demasiado pequeña, cómo se pela un mango de la manera más cómoda y rápida, qué corte de pelo le queda mejor a la forma de mi cara... aunque no creamos que alguien haya dedicado una buena cantidad de tiempo a expresar sus conocimientos en la red, es bastante posible que, gracias a una cantidad cada vez mayor de contenido que hace que la búsqueda de nichos sea una de las mejores maneras de captar la atención, a alguien se le haya ocurrido ya.

Por supuesto, no es que sea una fuente de información fidedigna y fiable. En ocasiones, el posible que el redactor del contenido se equivoque de buena fe, sencillamente porque los conocimientos que cree saber están equivocados. Más grave es el caso en el que hay un interés económico sobre los consejos que se proporcionan. Una cinematográfica puede contrarrestar el aluvión de críticas negativas de su última película pagando a un batallón de redactores que difundan en la red el punto de vista que les interesa para vender su producto. Aunque la presión no tiene por qué proceder necesariamente del mundo empresarial, es posible que un determinado grupo ponga un marcha un boicot o linchamiento digital si lo consideran justo. Rizando el rizo, es posible incluso que una campaña supuestamente negativa no sea más que una manera de llamar la atención, un conflicto entre personalidades públicas puede no ser más que una manera de volverlas relevantes, especialmente si la información se gestiona de tal manera que lo que parezca una crítica sea en realidad una alabanza. Y también al revés, una alabanza minuciosamente calculada puede esconder una feroz crítica.

Aunque no es necesario desconfiar absolutamente todo lo que encontremos en Internet, una buena pregunta que podemos hacernos cada vez que nos asalte la duda es «¿Qué puede conseguir alguien si logra que me crea lo que dice?». Y, por supuesto, siempre que sea posible, contrastar la información con varias fuentes, si es posible que sean lo más diferentes posibles.

Además de ofrecer una cantidad de información que antes era impensable, Internet también despunta a la hora de ofrecerla de nuevas maneras. Gracias a la posibilidad de entrelazar los datos con programación, podemos obtener en cuestión de segundos información que antes requerían mucho más esfuerzo. Si queremos hacer una simulación de veinte hipotecas diferentes, por ejemplo, es fácil encontrar páginas que lo hagan con una precisión más que correcta. Una vez más, prácticamente todo lo que ocurra está ya ahí y, conforme continúe avanzando la inteligencia artificial, cada vez más puntos de vista que estarán a nuestra disposición puntos de vista que antes quedaban reservados a los profesionales.

Toda esta combinación de circunstancias, información amplia pero de fiabilidad poco clara, datos que van más allá del contenido genérico para personalizarse según nuestra situación, hacen que podamos pensar que Internet una nueva manera de pensar. De la misma manera que nuestras decisiones cambian cuando utilizamos nuestro motor mental rápido o lento, también las consultas a Internet pueden modificarlas, a veces para bien y también sin duda a veces para mal. Entre las aplicaciones que tendrían estos estudios sobresalen dos en particular: enseñar a los usuarios cómo emplear la red en su beneficio y, ya desde un punto de vista social, sentar las bases de unas futuras regulaciones de la red, cada vez más necesarias, que establezcan cómo deben respetarse en este nuevo ecosistema los usuarios y las empresas. A fin de cuentas, es posible que estemos ante una y revolucionaria nueva manera de pensar.

lunes, 19 de agosto de 2019

Pixel Fitness

Tal vez fue a Osmin (el instructor del programa de televisión «El método Osmin»), a quien le escuché por primera vez que los programas de entrenamiento son demasiado rígidos, ya que sí, ejercitan los músculos, pero lo hacen con movimientos mecánicos que hacen que, aunque los músculos se desarrollen, el cuerpo no gane en agilidad y flexibilidad. Animaba, por tanto, a entrenarse de manera más abierta, un poco recuperando la variedad y la diversión de los juegos de la infancia. No se trata de un enfoque completamente novedoso, ya que por ejemplo el cross-training y el entrenamiento funcional también siguen esa premisa, pero en cualquier caso es algo que no suele estar presente cuando se entrena en casa, ya la falta de tiempo, material deportivo y compañeros con los que establecer circuitos hacen que la mayoría de los entrenamientos se limiten a unos cuantos ejercicios básicos.

Aunque la falta de material deportivo y compañeros de entrenamiento son dificultades difíciles de soslayar, en todas las casas hay materiales comunes que podrían reconvertirse y utilizarse para entrenarse, como por ejemplo, botellas de agua, botes de conservas y sillas, especialmente si se combinan con otros fáciles de adquirir y guardar, como pelotas de tenis y balones. Lo importante en este caso, sería cómo unirlo todo, cómo crear en un entorno reducido una experiencia que no solo hiciera que el porcentaje de masa muscular creciera, sino que hiciera que el cuerpo sudara y recuperar una agilidad y una amplitud de los movimientos que la vida cotidiana adulta tiende a reducir.

Como hilo para articularlo todo, tal vez sería interesante utilizar un videojuego. Hace unos años ya se lanzaron varias propuestas para ejercitarse en casa, como EA Active Fitness, Mi entrenador personal y Addidas Mi Coach, que no tuvieron mucho éxito, en parte porque dependían de periféricos que pretendían monitorizar el movimiento y que, por las limitaciones de la tecnología, no funcionaban demasiado bien. Aunque había productos de una calidad más que aceptable en los que era evidente el cuidado que se había puesto para crearlos, todos fallaban estrepitosamente en lo mismo: no eran nada divertidos. Aún más, no es solo que no se esforzaran en ser divertidos, sino que daban la impresión de que pensaban de que para ser útil tenía que no ser divertido y, desaprovechando la tecnología disponible, venían a ser poco más que nuevas versiones de las clásicas cintas de vídeo de ejercicio físico. Poco a poco se abandonaron estos productos, en parte por el poco éxito que tuvieron y en parte porque los móviles pasaron a encargarse de estas tareas, lo que ha hecho que en la nueva generación de consolas no hay ni un solo programa destinado al entrenamiento físico, aparte del que se realice de manera tangencial con los juegos de realidad virtual.

Aunque gran parte de la decepción que supusieron estos juegos, como ya se ha indicado, vinieron del fracaso de la tecnología de detección de movimiento, lo cierto es que no era algo tan importante. Un espejo en el que verse y una representación clara de cómo debería realizarse el movimiento hubieran servido y hubieran permitido liberar recursos para lo realmente importante, conseguir que la experiencia sea divertida. Para ello, pueden emplearse los mismos elementos que han logrado que los juegos capten la atención de un público cada vez mayor: una historia interesante, puntuaciones, metas, objetivos, etc. Aunque la creación de un juego suele requerir una considerable inversión, para crear los gráficos, el sonido y la música, sería posible rebajarlo buscando una historia que pueda hacerse con un presupuesto razonable. Dado el auge que durante los últimos años está teniendo la estética retro, como demuestra el aluvión de consolas retro que han aterrizado en el mercado, sería posible tomar como historia de base la típica historia de héroe-contra-villano de los videojuegos de los años ochenta y noventa, empleando también esa estética pixelada que resulta fácil de hacer, especialmente si se toman como referencia los videojuegos que más éxito tuvieron en aquellos años, como Final Fight, Streets of Rage o Crime Fighters.

 
La gloriosa portada de Final Fight

En realidad, en los programas de entrenamiento físico el principal problema suele ser la motivación, ya que una vez que se desvanecen los buenos propósitos iniciales, la gente tiende a abandonar. Para que fuera una experiencia longeva, la clave estaría en la variedad. Un diseño adecuado de niveles, tal vez con elementos aleatorios que hagan que nunca haya dos experiencias iguales, podría hacer que una y otra vez se utilizara esta aplicación, especialmente si se nota una mejora física significativa. Además, sería posible añadir cada cierto tiempo  contenido adicional y, de vez en cuando, una historia radicalmente nueva, tal como están haciendo en la actualidad numerosos juegos de tipo Battle Royale.

Como ejemplo ilustrativo, la misión de un día podría consistir en infiltrarse en un laboratorio secreto para robar un peligroso virus. Para ello, habría que enfrentarse a guardias, dando puñetazos y esquivando sus golpes. También habría que deslizarse por tubos del aire acondicionado y saltar para esquivar peligrosos rayos láser, así como trasladar latas de combustible para poner en marcha el jeep en el que escaparemos del laboratorio. Y, en realidad, no hace falta que el programa controle si estamos haciendo o no lo que nos indica. Si consigue capturarnos, sencillamente lo haremos para saber cómo continúa la historia.

martes, 6 de agosto de 2019

Los sentidos de la vida

No parece que sea demasiado difícil estirar un músculo. Basta con una imagen donde un modelo nos explique la posición que tenemos que adoptar y ya está, solo hay que imitar su posición un tiempo y ya está... ¿o no?


Evidentemente, la respuesta es que no es tan fácil. Con frecuencia la propia ilustración trata de solventar las posibles dudas aportando más información, como por ejemplo, el tiempo durante el que debemos mantener el estiramiento, si debemos hacer fuerza con el cuerpo en alguna dirección y, en ocasiones, hasta la zona donde deberíamos notar la sensación de estiramiento. Pero aún con la descripción más completa, un iniciado tal vez no sepa, por ejemplo, cuándo el nivel de tensión es insuficiente, lo que hará que sea poco efectivo, y peor aún, cuándo el nivel de tensión es excesivo, en cuyo caso puede llegar a ser nocivo. Aunque tal vez no parezca real darle tantas vueltas a la ejecución de un estiramiento, cualquier profesional del fitness que se dé una vuelta por un gimnasio podrá confirmar que muchos de quienes creen estar estirándose no lo hacen correctamente y, en la mayoría de los casos, se limitan a adoptar una posición similar a la que se les ha enseñado, sin preocuparse por no notar lo que deberían.

Y si estirarse, siendo una actividad supuestamente simple, no es tan fácil como parece, asusta en las complicaciones que pueden presentar otras disciplinas más complejas. Sin salir del gimnasio, basta con trasladarse a la sala de musculación para descubrir que muchos de los se entrenan con pesas, repiten mecánicamente los ejercicios que les han enseñado sin preocuparse si notan la tensión en el hombro, el brazo, la muñeca o las articulaciones, lo que puede marcar la diferencia entre un ejercicio eficaz y una lesión. Sin embargo, más interesante aún es abandonar por completo las instalaciones deportivas y pasar a otras actividades más frecuentes y relevantes. Por ejemplo, aunque siempre se ha considerado que el éxito en los estudios está ligado directamente al número de horas que se dedican, es fácil encontrarse con alumnos que se hincan de codos sobre los libros, sin que mejore apenas su rendimiento académico, por más que redacten resúmenes y llenen las páginas de rayas de colores. Aunque estos casos suelen explicarse aludiendo a la escasa inteligencia del estudiante, tal vez no se trate tanto de una cuestión matemática, como el número de horas o el coeficiente de inteligencia, sino más bien de una cuestión de sentido, la capacidad que tienen los buenos estudiantes de centrarse en lo importante y dejar de lado lo trivial, un radar que les permita saber cuándo están asimilando información y cuándo necesitan dejar reposar los conocimientos que han adquirido. Por supuesto, es posible que esta destreza esté relacionada con la inteligencia, pero sin duda también es algo que se puede desarrollar intencionadamente. Hemos aprendido con un modelo que trata de formularlo todo en términos de palabras y números, pero que tan solo considera tangencialmente nuestra capacidad de sentir. Por lo general, se considera que dominamos un tema cuando somos capaces de verbalizarlo o, todo lo más, calcularlo, aunque no hayamos aprendido la naturaleza intrínseca de dicho tema, lo que explica por qué hay tantos alumnos brillantes que apenas saben nada de las materias en las que han logrado excelentes calificaciones.

Por supuesto, sabemos que existe esta importante zona de sombra que marca la diferencia entre el alumno brillante y el profesional experto, entre el atleta de élite y el deportista que va camino de una lesión, pero lo curioso es que solemos rendirnos y considerar que estos conocimientos que escapan a una definición precisa son algo, no sabemos qué, que solo puede adquirirse con el tiempo y a base de ensayos y errores. Sin embargo, tal vez no sea así, es posible que pueda crearse una ciencia de los sentidos, que mejore y agilice esta adquisición de destrezas, aunque sea partiendo de nuestros recursos habituales, imaǵenes, palabras y números. Ya al principio veíamos que una simple ilustración de un estiramiento podía mejorarse en gran medida buscando maneras adicionales de transmitir información. Aparte de las indicaciones ya mencionadas, por ejemplo, explicar cómo no debemos llevar a cabo un estiramiento y qué es lo que no tenemos que sentir puede ser tan instructivo como las indicaciones de lo que tenemos que hacer. En algunos casos, es posible incluso recurrir a similitudes para explicar sensaciones que son nuevas. Tal vez no pueda expresarse en palabras que se siente al realizar un estiramiento, pero indicar que tenemos que sentir cierto calor o algo que se parece al dolor, pero sin llegar a serlo, puede ser útil para ponernos en la dirección equivocada o, al menos, saber que no vamos por buen camino.

Dado que el mercado laboral evoluciona en estos momentos con mayor rapidez que nunca y no podemos confiar en las que las destrezas con las que nos iniciamos nuestro camino en el mercado laboral nos vayan a bastar para toda nuestra vida laboral, esta educación de nuestros sentidos es particularmente atractiva, ya que es una importante herramienta para conseguir convertirnos en expertos en un campo que no es el nuestro. Si bien durante mucho tiempo ha habido motivos importantes que explicaban el dominio de las palabras y los números en la enseñanza, por ejemplo la facilidad de distribución del material impreso, particularmente con pocas imágenes, el auge de los ordenadores ha hecho que, a través de los vídeos, el sonido y las experiencias virtuales, sea más fácil aprender a sentir de una manera diferente. Aunque tal vez habría que ir más allá. Aparte de aumentar nuestros conocimientos, deberíamos aprender a cultivar otras facetas, como por ejemplo, la habilidad de divertirse con un tema y la curiosidad sobre él, características que suelen compartir todos los expertos en cualquier materia y que hasta ahora se perciben más como resultados que como causas. Y es que, de la misma manera que en los albores de las matemáticas y la física, debió parecer inverosímil que alguien pudiera sistematizar el mundo de aquella manera, tal vez sea el momento de comenzar una revolución parecida, pero desde un punto de vista completamente diferente.

jueves, 6 de junio de 2019

Prueba de visualización de Gapminder

sábado, 11 de mayo de 2019

El mundo que quiso ser una novela de Julio Verne

Hay cierta división entre quienes atribuyen a Julio Verne haber anticipado diversos adelantos tecnológicos, como el submarino, el helicóptero o incluso internet, y quienes consideran que hay otros autores que merecen tal mérito. Independientemente de quién tenga razón, lo cierto es que ambos puntos de vista consideran que existe un futuro lejano pero estático que Julio Verne, o quien fuera, podía observar empleando su imaginación como si fuera un catalejo para transmitirnos su visión de lo que estaba por venir.


Tal vez parezca que estas dos opciones cubren todo el espectro de posibilidades, ya que a la pregunta de si Julio Verne fue el primero en vaticinar estos avances solo puede contestarse con un sí o con un no, lo cierto es que hay una tercera opción, que consiste en que, al plasmar sus ideas en el papel en unos libros que alcanzaron tanta difusión, se colaron en la imaginación de miles de niños, algunos de los cuales al crecer se convirtieron en investigadores y técnicos que se fijaron como meta de su vida profesional convertir en realidad lo que cuando eran niños no era más que un sueño.

No hace falta remontarse al siglo XIX para encontrar ejemplos de este tipo y, por supuesto, muchos de los sueños que ahora rondan la imaginación colectiva todavía no se han hecho realidad. Basta con acordarse de las cabinas de teletransporte de «Star Trek», la proyección holográfica de la princesa Leia en «La Guerra de las Galaxias», el patinete volador de «Regreso al futuro» o la interfaz futurista de «Minority Report», para adivinar que sin duda habrá inventores que, durante su trabajo, sueñan con hacer realidad esos avances, con la certeza de que tendrían éxito, porque esas ficciones han servido para crear un mercado para productos que aún no existen.
 
Así, cuando un autor escribe, su obra no es solo la creación literaria que recoge sus ideas, ya que si su propuesta resulta lo suficientemente atractiva, puede conseguir que el mundo entero intente parecerse un poco a lo que describe. Aunque a veces ocurre justamente lo contrario y el mundo creado por el escritor se convierte en la antítesis de lo que los seres humanos buscan, en cuyo caso su obra serviría más bien como señal de advertencia, tal como ocurre con libros como «1984» o «Un mundo feliz», que no señalan la dirección en la dirección que queremos ir, sino caminos que queremos evitar.

Este efecto no se limita al campo de la tecnología y la sociedad. Las imágenes que nos ofrece un escritor pueden servir para definir en el futuro incluso lo más íntimo, como pueden ser las relaciones humanas. Por intrascendente que pueda parecer el romance entre una humana y un vampiro de la novela «Crepúsculo», lo cierto es que su éxito ha hecho que muchos integrantes de una generación hayan pasado su adolescencia soñando con encontrar a un Edward o a una Bella, o tal vez incluso convertirse en ellos. Y lo mismo ocurre con otros roles que desempeñamos en nuestras vidas, como puede ser el de padre, hijo o amigo. Hay veces en los que un libro, una película o una obra de arte prende nuestra imaginación y nos muestra cómo querríamos que fueran nuestras relaciones.

Por tanto, el arte y el entretenimiento no son inocuos ni tampoco son expresiones expresiones inútiles del ser humano, sino un lienzo en el que cualquiera puede esbozar el futuro con el que sueña sin ningún tipo de limitación. Todo lo que se sueña puedes transformarse en un personaje, una trama o un lugar, que si resulta es suficiente hermoso y logra inspirar a los demás, acabará por convertirse en realidad. La vida tal vez no supere siempre a la ficción, sino tan solo siga sus pasos.

miércoles, 24 de abril de 2019

Crea tu propia religión

Ser agnóstico y ser vegetariano tienen algo en común: son opciones totalmente válidas para llevar una vida plena y saludable, pero requieren cierto esfuerzo. Aunque tal vez una metáfora arquitectónica sea más ilustrativa, pertenecer a una religión establecida es como vivir en una casa prefabricada, sin muchas posibilidades de adaptarla a tu personalidad, pero con todo lo necesario para vivir, su salón, su cocina, su dormitorio y su cuarto de baño, mientras que ser agnóstico viene a ser como colocarte frente a un plano vacío y decidir si quieres construirte una cabaña, un palacio, un castillo, un palafito o cualquier otra vivienda imaginable. En cualquier caso, lo importante es que hay que hacerse preguntas y tomar decisiones que cuando aceptas la religión mayoritaria no son necesarias, pero que pueden hacer que ese aspecto de tu vida carezca de puertas, ventanas o techo si no te preocupas por ello.


Como módulo prefabricado, una religión existente plantea la ventaja de que te entrega todo lo que necesitas desde el primer momento: una serie de rituales con los que compartir con la sociedad los acontecimientos importantes  y, sobre todo, una lista de valores y principios que te guíen a la hora de decidir lo que está bien y lo que está mal, lo que es correcto y lo que no. No parece casualidad que todas las civilizaciones importantes hayan tenido siempre una religión asociada. Aunque la hayan seguido con diferentes grados de fervor y la religión haya sido más o menos abstracta, siempre han contado con ella como guía espiritual. Incluso en el plano personal, diversos estudios han demostrado que los sujetos con firmes creencias espirituales tienden a llevar una vida más longeva y satisfactoria. Y no es que porque miles de millones de seres humanos afirmen que existe un dios tenga que ser verdad, pero si les funciona para llevar una vida mejor, es un dato empírico que no debe pasarse por alto.

Los posibles beneficios de una religión son particularmente relevantes para las nuevas generaciones. Para los nacidos hace ya algunos años, la religión era algo que ni siquiera se discutía y, desde el bautizo hasta la comunión, pasando por las clases de religión, la catequesis en la parroquia y, sobre todo, las misas de los domingos, era prácticamente imposible escapar a una buena dosis de adoctrinamiento religioso. Tal vez ni siquiera era necesario prestar atención y durante aquellas misas que tan largas se hacían, a pesar del esfuerzo consciente en dirigir la atención hacia cuestiones más divertidos para un niño, las palabras que el cura leía de la biblia calaban en nuestras mentes y, aún sin desearlo, iban conformando un determinado marco de valores y creencias.

Dado el declive que han experimentado ciertas religiones en los últimos años, ese bagaje ya no está presente en muchos de los niños y jóvenes de esta época, lo cual no es necesariamente malo, pero tampoco necesariamente bueno. La religión y, sobre todo, la creencia fanática en una religión, están muchas veces en la raíz de muchos problemas, particularmente en lo relativo a la tolerancia respecto a cualquier desviación de los dogmas y el estilo de vida que predican, pero también lleva aparejada una ética que facilita la convivencia social y el desarrollo del ser humano. Por tanto, su desaparición abre un hueco que es necesario llenar de alguna otra manera, lo que nos devuelve al punto de partida: es posible lícito y puede ser hasta admirable renunciar a una religión, pero el camino no puede detenerse en ese rechazo: es necesario construir algo sobre lo que acabamos de destruir.

Como de costumbre, construir supone más esfuerzo que no hacer nada. Una vez derribadas las creencias que teníamos hay que hacerse preguntas, reflexionar para responderlas recurriendo para ello a los avances que han realizado otros que antes que nosotros se han enfrentado a los mismos interrogantes, lo cual supone una cierta labor de introspección, investigación y lectura, un trabajo que no es necesario para quien decida unirse una religión establecida y que ni siquiera tendrá que hacerse las preguntas, porque sabrá de serie las respuestas.

Aunque tal vez haya una tercera vía que no nos obligue entre crear nuestro propio sistema espiritual o acatar un culto establecido. Al igual que hay programas que nos ayudan a redactar documentos, cocinar o hacer ejercicio físico, sería posible crear una aplicación con el que desarrollar nuestro sistema espiritual aprovechando los conocimientos de los miles de santos y filósofos que nos han precedido siguiendo unos cómodos pasos y eligiendo con el ratón en qué creemos.

Por supuesto, una aplicación así no podría y debería tomarse demasiado en serio. En su forma primigenia, sería más bien parecida a uno de esos tests que antes estaban de moda para averiguar a cuál de las casas de Hogwarths pertenecíamos o con qué superhéroe teníamos más química. El nombre de la religión podría formarse aleatoriamente, como la «iglesia de las colinas sagradas» o «iglesia de los hijos de la luz». También se podría decidir si queremos que haya uno o varios mesías y profetas, si queremos que sean hombre y mujeres y si queremos adjudicarnos a nosotros mismos dicha función. Igualmente, podríamos decidir cuáles serían las festividades que celebraríamos y si queremos entronizar las obleas y el vino tinto o el mazapán y la cerveza. Todas las típicas símbolos y costumbres podrían obtenerse desordenando y reordenando lo que otras religiones han establecido antes. Al igual que con cualquier otra red social que aspire a ponerse de moda, debería ser posible convertir a otros a nuestra religión y ver las noticias sobre las religiones emergentes más populares. Pero lo verdaderamente interesante sería no detenerse ahí, sino que también fuera posible ahondar en las raíces espirituales, como cuáles son las razones por las que merece la pena vivir, qué es lo que hace que algo esté bien o esté mal y cuál es nuestro propósito, esas preguntas para las que más tarde o más temprano, necesitamos encontrar una respuesta.